07.09.08
Debilidad y malos momentos
A veces, no me importa sentirme débil, porque me siento más humano, porque es algo natural, porque si siempre me sintiera fuerte no habría reflexión, no miraría con cuidado y atención lo que he hecho para ver que puedo aprender, no habría verdadero avance.
Si siempre me sintiera fuerte no cabría la comprensión en mí, no podría entender que los demás acusaran flaquezas, no podría perdonarlas, no podría amar a ningún ser imperfecto como tú y como yo.
Paradójicamente, cuando me siento débil, descubro mi verdadera fortaleza, esa que no se ajusta a ninguna idea preconcevida, se derrumban todas esas ilusiones y, de entre el polvo, veo como renace de nuevo esa fortaleza, porque siempre ha estado en el mismo lugar, cerca de la debilidad, casi tocándola, esa fortaleza real, esperando a que preguntara por ella.
Con respecto a los momentos difíciles, o “malos”, como es frecuente llamarlos, suele venir a mi memoria un diálogo de la película Pequeña Miss Sunshine, entre tío y sobrino, que para mi gusto es uno de los mejores del film, aquí os lo dejo (empieza hablando el sobrino):
- A veces, desearía poder dormir hasta los dieciocho años, saltarme toda esta mierda, el instituto y todo lo demás. Saltármelo todo.
- ¿Sabes quién es Marcel Proust?
- ¿Es ese del que enseñas?
- Sí, un escritor francés. Un auténtico fracasado. Nunca tuvo un trabajo, sus amores fueron un desastre, gay… Estuvo veinte años escribiendo un libro que ya casi nadie lee, pero quizá sea el mejor escritor desde Shakespeare… En fin, él llego al final de su vida, echó la vista atrás y decidió que todos esos años en los que sufrió fueron los mejores de su vida, porque le moldearon. Los años de felicidad… perdidos, no aprendió nada.